La danza en el CDN: El Conde de Torrefiel (una crónica tardía)

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La segunda semana del ciclo ha estado claramente marcada por la irrupción de El Conde de Torrefiel. Comenzamos el miércoles en oscuro con la conferencia de Jaime Conde Salazar en el Reina Sofia que rompió el modelo de conferencia y a una sala en penumbra nos habló en susurro a través de unos cascos. Un recorrido por el arte y la escena donde escudriñar los límites del marco, la perspectiva, el formato, la caja escénica y la distancia que, de manera docta, se vertebrara en reducción  a través del deseo y el amor.

Pero fue el jueves en esa sala, que uno va haciendo suya a pesar de todo, cuando llegó el estreno total -hay que tenerlos bien agarrados- de El Conde de Torrefiel, su ya comentado en este blog “La posibilidad que desaparece frente al paisaje”. Aunque hagamos ciertos meandros: la semana venía ya cargada de dimes y diretes y de satisfacción. Satisfacción porque Pradillo supo sortear luchando y argumentando la amenaza de multa y “Accidens” de García pudo hacerse sin sobresaltos ni estúpidos dilemas o enfrentamientos. Y cargada, la semana, por el video que se realizó desde el blog a Juan Carlos Monedero, adalid de la ola latinoamericana en España, tan necesaria para nuestros viejos culos, y de otras guerras sucias que sitúan hasta este personaje como un Guerra postsoviético y con frac posmodernita. Sus declaraciones sobre el trabajo de García en el Valle Inclán, “Arrojad mis cenizas sobre Mickey”, fueron sinceras, arriesgadas y generosas.  En un terreno que no dominaba arriesgó reflexiones, algo que siempre es de agradecer. Y esas reflexiones generaron vientos como no podía ser de otra manera. No suelen hablar los creadores y aficionados a las escénicas con los politólogos y menos con aquellos que puede que mezcan las cunas ministeriales futuras. Bueno, Alfonso Guerra solía ir al Festival de Almagro y en cenas largas en patios manchegos parlamentaba con Giorgio Strelher y Marsillach. Otros tiempos. Pero el caso es que en nuestro presente el teatro de vanguardia, experimental, de investigación o como vuesa merced guste no tiene tan claro  ni transitado ese camino de transito con la intelectualidad diversa peninsular, un camino que ha de ser de ida y vuelta. No sé yo si Espert y Zapatero departían en Mérida o Belbel  y Rigola hacían otro tanto con la nueva Ezquerra de Junqueras hace un lustro. No sé yo como está esa vereda transitada en el teatro de la realpolitik hoy en día. Con quién hablará hoy Pérez de la Fuente, se pregunta uno. Pero el caso es que Monedero charló con cierta comunidad escénica y saltaron chispas porque, oh sorpresa, la distancia es larga. Muy larga. No hay ni ida ni vuelta a primera vista. Monedero hablaba de un arte útil a la sociedad y la gente cercana a este ciclo (creadores, actores, público, pensadores, etc.) abría los ojos mucho, le temblaba la comisura de los labios y espetaba al cielo diciendo: ¿soluciones?, ¿esperanza?… el arte es religión, un espacio de libertad donde el artista no tiene porqué seguir el devenir histórico y mucho menos plegarse a él. Y aquí me incluyo. Pero pasados los días esa veta bien abierta por Monedero ha ido calando, sus reflexiones sobre la esperanza, sobre la finalidad del arte, sobre un arte ensimismado y que ya no confía, han ido calando de otra manera, creo, más interesante: cómo podemos hablar sobre la escena con gente de diversas procedencias, cómo podemos entender juicios que vienen de miradas diferentes, disímiles, que no ven lo que vemos, que ven otras cosas. Y cómo valoriza o desvaloriza esto nuestra propia mirada, la ensancha, la relativiza, la afirma…

Y con ese run-run (entre otros) llegó el estreno de El Conde de Torrefiel. Comenzó todo con Tania Beyeler dando la espalda y diciendo, sería la última vez que lo oral estaría en juego en toda la pieza. Después la obra bascularía entre lo hecho en escena y lo escrito en una pantalla sobre ésta. Tan solo cuatro actores :  Nicolás Carbajal, David Mallols, Tirso Orive y Albert Pérez. Arriba, los textos de Pablo Gisbert.

Una obra distanciada, más fría, con menos humor, más mínima que anteriores trabajos de El Conde. Espacio vacío, ejecutantes casi mecánicos, sin expresión, sin emoción, sin chistes a primera vista. Echaba de menos yo los textos dichos en escena que creo que en “La chica de la agencia de viajes nos dijo que había piscina en el apartamento” (2013) habían cogido un camino a explorar. Pero estábamos ante otro juego. Iba por otro lado. Y en cuadros móviles, El Conde la empezó a jugar. A permitirse. Aun con una estructura facilona de dividir las escena en ciudades europeas (Madrid primero, luego París, Lisboa, Kiev, Atenas, Varsovia, Bruselas y finalmente y periféricamente Lanzarote) se permitieron decir y hacer. Se permitieron suplantar voces, la de Michel Houllebeq, Beatriz Preciado o el más “underground” músico de Nick Cave Blixa Bargeld, hasta se inventaron poetas ucranianas. Parecían estar reescribiendo así el monólogo interior (las mareas de conciencia de las que hablaba Joyce) de la intelectualidad europea. Pero también se permitieron con terrenos cercanos: la parodia al “Domini public” de Roger Bernat se venía barruntando desde hace mientes y en esta obra coge sitio preciso. El Conde nos va conformando un paisaje, el de una Europa deformada en su sociedad del espectáculo intelectual y su industria de pensamiento. Y ahí intenta ver dónde queda el individuo, donde desaparece, dónde puede reaparecer. Y llama a las trampas: trampas. A todo ese arte participativo en la que el ciudadano cree estar “haciendo” el Conde lo llama enmudecimiento del pensamiento, del poder ser y estar de manera propia en este paisaje que nos rodea. Así se nos cuenta cómo Spencer Tunick junta gente desnuda como en todas sus fotos y las pone donde estuvieron en los campos de concentración los cadáveres (delirante) y piensa qué se le pasa por la cabeza al buen hombre o mujer que está allí “participando”. Y así, la obra llega a Bruselas y aparece Bernat sin ser nombrado pero repetido en movimientos ciudadanos ordenados (en ambos sentidos) por los actores en escena.En concreto, “Domini public” (2009). Se ponen en solfa de esta manera no el trabajo de Bernat que es disimil y a veces más acertado y a veces menos, sino la deriva de las escénicas que está yendo a diversos dispositivos con el objetivo de romper la caja e incluir al espectador, algo que en los últimos años ha preponderado en la escena de investigación patria.

Pero escribo esto a pocas horas del estreno de La Ribot, Juan Dominguez y Juan Loriente en el Valle Inclán. Sabemos que en el Centro Dramático Nacional no pueden programar danza. Esta pieza sí porque es rara y va de leer pero la danza está fuera. Así es la división cartesiana de nuestro gran querido ministerio y ese zombi obsoleto de los ochenta llamado INAEM. Y yo, viendo al Conde me reía por dentro, porque si le quitas el texto en pantalla, si te quedas con la escena, aquello es una pieza de danza. Es curioso que llevamos años viendo (bueno, ya no) a compañías de teatro diciendo que hacían danza porque así podían optar a la posibilidad de recibir una ayuda ministerial con mayor facilidad. Y ahora, veo esta compañía de “teatro” estrenando en nuestro centro dramático una pieza que por cómo estaban tratado los cuerpos, el movimiento en coreografía, el espacio, etc. era una pieza de danza. Y no se han dado cuenta ni después de verla. El INAEM debería mirar al siglo XXI y hacer algo con esa división amorfa que no recoge en absoluto lo que está en el ojo del público ni en la mente de los creadores.

En la obra de El Conde sigue el verbo afilado de Gisbert sobre la escena pero a uno se le va quedando el ojo en esos cuerpos que van haciendo sin gana, sin convicción interiorizada, como unos autómatas pero tranquilos, no abducidos, muy en su sitio. Hacen diagonales, paran, forman esculturas unos con otros y basculan. En un momento de la obra ellos basculan lentamente, sin exponer, simplemente mostrando con movimientos pequeños, lentos, y todo comienza a bascular, bascula la escena, basculan ellos, bascula mi ojo y al final el teatro Valle-Inclán bascula y queda imperceptiblemente dado la vuelta. Y en esa inversión bailan los objetos, un castillo, una planta… La carne y el objeto se confunden, se diluyen uno en el otro. Fue interesante ver cómo han incardinado el trabajo de la coreógrafa Amaranta Velarde en el propio devenir y hacer de El Conde. Decía Gisbert que la colaboración viene de antes, de los trabajos de éste con la compañía de danza La Veronal. Y creo que se nota porque la inserción es clara y precisa.

Hay otros momentos que podríamos comentar de la obra, la traca final, el castillo flotante que convierte la única emoción posible de la platea europea en polímero, el enorme texto de Lanzarote… Quizá sí habría que comentar como clave de interpretación del cuadro propuesto el texto de Gisbert sobre la pereza, un texto que ensalza y es una proclama en defensa del “no hacer” para poder ser. Para desaparecer en el paisaje y poder ser. Viniendo de una compañía joven que comienza a verse en circuitos de mercado teatral europeo que son estanterías es algo que dice bien de a dónde puede ir su futuro. Y como reflexión ya llevada al ámbito personal de este occidente maltrecho yo me la aplico, siempre lo dije: me gustaría ser un mexicano, en una calle polvorienta, sentado contra la pared con las piernas encogidas y tener un sombrero ancho, y ya está. Luego al salir del  teatro se multiplicaron las opiniones y los comentarios sobre la obra.

Y siguió ese run-run de desde donde se hablaba o desde donde podíamos mirar lo que había pasado. Unos lo miraban teniendo en cuenta los medios de producción y espetaban que tenía que haber estado esta pieza conjuntamente con las otras que El Conde ha generado en todo este proceso de creación denominado “Guerrilla”. El Conde lo ratificó en el vermú del domingo y dijo que sí, que la pieza que vimos era una guerrilla más y que su intención es mostrarlas juntas, todas, en una ciudad. Llegaron comentarios que parecían no haber bajado el cuello en toda la obra y no haber mirado lo que pasaba en escena, miradas textuales, ojos que son grafemas. Otros andaban preocupados en cierta soberbia de El Conde, y uno que está ya caminado en esto pensaba, que pase tiempo, las cosas necesitan tiempo, no solo en escena sino también en la memoria de cada uno de nosotros. Y pensaba que lo único que podía decirme es: jo, estos tíos, cogen, se vienen a Madrid, estrenan en el epicentro del teatro institucional y salen con una pieza solvente y con una propuesta digna de “rular” por los entresijos cerebrales una buena temporada. No está mal.

Tan solo se me quedó el gesto torcido, cierto regusto amargo el domingo en el vermut organizado por el Lugar sin límites donde cada compañía escoge un acompañante para charlar con el público. Vino Roberto Fratini invitado por El Conde, excelso Fratini, explicación desde el análisis de las ideas perfecto, bonito y certero (otro lugar más desde donde algo puede ser mirado). Pero no entendí la elección, aquello parecía más un acto de protección que otra cosa. Aquí traigo a una persona que sé que después de que hable voy a estar más resguardado para poder charlar. No creo que sea la mejor manera aunque Fratini sumara y además lo hiciese habiendo estado cercano a todo el proceso de creación.

Para terminar, ya que anoche fue el estreno de “El triunfo de La Libertad” y María Salgado y Fran MM Cabeza de Vaca (la crónica va avanzando), una reflexión surgida en la charla que tuvimos después del teatro con Jordi Claramonte: qué presencia tan bonita está teniendo en este ciclo el texto, conversando a cada minuto con el cuerpo y el espacio. Con Rodrigo en una maquinaria ajustada a través de los años y la escritura, con El Conde separándolo en una esquina desde donde mirar esos cuerpos extrañados en escena, con La Ribot y lo juanes en el que deciden que el texto predomine y eche de escena toda carne; y con “Hacia un ruido” donde el texto es centro y fuente y el cuerpo se convierte en potente presencia. En cierto sentido, raro, ¿no?

                                                                                                                                                                Pablo Caruana

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Una respuesta a “La danza en el CDN: El Conde de Torrefiel (una crónica tardía)

  1. Sí, estoy leyendo más que nunca desde la butaca.
    Primero eliminaron el cuerpo en beneficio de la palabra.
    Luego eliminaron la palabra en beneficio del cuerpo.
    De aquel divorcio entre verbo y acción llegan los hijos crecidos en la libertad absoluta.
    Si algo trae este ciclo -entre otras muchas cosas- es el viento fresco de la libertad.

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