La primera vez que asistí a “El Triunfo de La Libertad”, fue el Festival de Otoño de París, tuve una impresión vivísima, de una intensidad difícil de colocar en alguno de los aspectos formales o poéticos que construían la obra. Asistí el viernes al Triunfo por segunda vez y esa impresión, esta vez más serena, volvió a aparecer. Hoy mientras barría la casa apareció un pensamiento acerca de mi relación (apasionada) con esta obra, aquí va:
En “El Triunfo de La Libertad” asisto (atónita) a la disolución del espacio en el que he vivido, en el que he estado y en el que he bailado: la escena. No asisto al desbordamiento de una escena sin límites, sino a su fragilización extrema. Una fragilización que, para mí, tiene una escala humana porque está construida a través de las palabras, palabras separadas de sus objetos, separadas de sus actos, puestas ahí sin cuerpos. En este sitio sin referencias me doy cuenta de que lo que me evocan “las frases que veo pasar” son las imágenes de mi vida, las imágenes de mi melancolía, las imágenes de mi libertad, que tiene tanto de triunfo como de derrota. Ese espacio despojado es el lugar en el que no me tengo que identificar con nada y por eso es el lugar que me deja en pelotas frente a mi propio vacío. Se me ocurre que esto que os cuento es algo de lo que me ha pasado las dos veces que me he puesto delante de esta obra.
Gracias, gracias a María y a Fran ¡vaya noche!
Elena Córdoba