Hay que esperar. Algunas notas e imágenes.

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  • Texto: Fernando Gandasegui.
  • Imagen: Javier Marquerie Bueno.

En serio, esta mañana rompo la llave dentro de la cerradura al intentar volver a casa, y mientras Luis el cerrajero me la intenta colar, me entran unas ganas locas de escuchar los sextetos de Brahms. Cuarenta y cinco euros. FAC. Pago corriendo y escucho un sexteto con atención. Parece que anuncia algo, una oportunidad, quizás. No una segunda oportunidad, si no una primera oportunidad, de nuevo, y así sucesivamente. Un mundo que se entreabriera, pienso en extraña conjugación, como si no quedara nada, como si se hubiera destruido todo, o como si alguien con mucha imaginación hubiera inventado un juego radicalmente reversible en el que se podría empezar una y otra vez, un territorio donde la (re)construcción continua sería el fin, el placer en sí mismo, y no existiera otra opción que asumir sus reglas y la importancia de un juego que, además, no consiste más que en saber practicar, o mirar a quienes saben hacerlo. Así el día sigue avanzando, con cuarenta y cinco euros menos, la cerradura engrasada, y con Brahms y otras ideas que empiezan a asociarse con libertad sobre La Casa, la obra de Aitana Cordero que ayer se estrenó, de la que escribiré en unos días, por cuidar la mirada del espectador que va a ir este fin de semana a verla. Hay paisajes, acciones y estados que para su desarrollo necesitan presentarse ante los ojos del espectador sin información previa. Sin prejuicio ni expectativas, y luego, que “cada ojo negocie consigo mismo”.

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¿Y por qué coño estoy escribiendo? Mis compañeros del blog y un comisario del ciclo me invitan a escribir con rapidez sobre la obra, entre la reseña periodística y la publicidad, porque mola la inmediatez, es verdad, y para que vaya más gente el teatro, supongo. Que esperen, quiero pensar y escribir con calma, y no quiero instigar a nadie a ir al teatro; siempre recomendaría antes ir al campo, comer jengibre o pasarse la tarde follando con amigos o amigas, merendar, y seguir follando. Aunque hay contadas excepciones en las que sí podría hacerlo, como con La Casa de Aitana Cordero. Aún así, prefiero no tanto sugerir a la gente que se dirija al teatro a verla, si no que una vez que haya ido, no se vaya. ¿Por qué? Porque hay que esperar. Hay obras como Los hermanos Karamazov del ínclito Gerardo Vera, presentada en el mismo teatro que La Casa, para las que no importar irse a los diez minutos o a las dos horas. Puedes querer saber el final, pero más allá, reconoces su naturaleza inmediatamente. De hecho, yo no tardé más de diez minutos en salirme de una obra contra la que debería haberse levantado Rusia entera, en cambio, público y crítica (¿existe?) encantados y, según me dijo alguien, con muy pocas espantadas en sus representaciones. Por el contrario, con obras como La Casa, hay que esperar. No es teatro basura, no está hecho para el entretenimiento. Las acciones, la coreografía, las ideas, los materiales, requieren tiempo, dos horas y media o lo que haga falta, el tiempo del volumen, el tiempo de las asociaciones, el tiempo necesario para disponer a la mirada y abrirla. Quedan tres funciones de La Casa en Madrid, dejémosla crecer, hacerse y deshacerse. De momento, a la espera de publicar palabras e imágenes concretas sobre ella, sugerimos La Casa con unas notas rápidas tomadas durante la función, y unas imágenes trastornadas.

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Precisión. Superestructura. Máquina. Cobijo. Tarea. ¿Cuándo empieza a ser? ¿Qué es el fondo? ¿Quiénes son? ¿En qué devienen? ¿Dónde está Aitana? Relación con las cosas. Ser mirado. Todo se abre a la mirada. Lo que importa. Ruido de focos. Finito. Infinito. Catalogación. Evidencia. Silencio inaugural. El mundo que se parece y no. Las cosas le mueven. Significarse. Paisaje, paisaje, paisaje. Testamento geográfico. Quim Bigas. Distancia. Vigilar al vigilante. La gente mira el reloj. Castigo. ¿No os gusta la práctica?, lo están haciendo para nosotros. Reconocimiento de un tercer espacio. Destacas demasiado. Soy tonto. Ya no hay relación. Las cañerías, estamos dentro. Apertura de ano. Estamos fuera. Hay escenas. Los objetos ya son cuerpos. Los cuerpos ya son sexuales. Empieza a pasar algo. Regocijo. Sexuar el espacio. Se rompe, se abre. Guapo. Sacro. ¿Será siempre así? No te vayas, o apaga la luz del móvil por lo menos cacho cabrón. Ocho obras en una. Mitocondria. Empiezan las asociaciones. Ya no son los mismos. Si hizo grande. Vamos a ver qué pasa en lo pequeño. Un mundo nuevo, ¡oh!, quiero mirarlo. Cuidado entre ellos. Las cosas y las cosas. La escala de las cosas. La Aitana del ¿Solo…?. Se junta y se separa. Se abren campos. Todos juntos. El momento. Retina, memoria, intimidad y cerebro. This must be the place. El Rincón. Hay semen en el CDN, a ver si crece otra cosa ya aquí de una puta vez. El fondo se abre, joder. No al género, lo siento, pesadas. El semen empasta. Lo consiguen. Vertical. Abrir un teatro. Equilibrio. Inestabilidad. Equilibrismo. Las tripas del teatro. Ay. Vuelve la COREOGRAFÍA.

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Una respuesta a “Hay que esperar. Algunas notas e imágenes.

  1. Querido Fernando, en fin, se hubiese agradecido unas palabras antes de ir a ver la casa o la cosa esa. Quedo atento a tu crítica, ya que a mi me pareció una tomadura de pelo en todo regla para el público, al que en ningún caso se le debe secuestrar sentado en las gradas de formato tradicional, sino al que debe permiitir su movimiento, su relax y no su castigo. Veo que tienes hermosas palabras para la obra, yo no sería tan indulgente, ya que si se quiere hacer una obra así desde luego no es el lugar, ni la disposicón para hacerlo y menos el precio, aunque ya vi que el número de invitaciones superaba a los que pagamos los religiosos 25 euros por cabeza (alguien debia tener miedo a dejar la sala vacía) Quizás esta obra debiese condenarse a los teatros comerciales, para que sea el mercado, y no los intelectuales, quien juzgue con sentido común este engengro, aunque a veces ciertos creadores pierdan el sentido

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