GRADO 0. UN DIARIO. DIA 3. RESIDUOS, TEJIDOS.

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“En las ciudades se reunirán de forma sistemática unos edificios cargados de gran poder de evocación y de influencia, unos edificios simbólicos que representarían los deseos, las fuerzas y los acontecimientos del pasado, presente y del futuro.
De un modo u otro, cada cual habitará su catedral personal. Habrá estancias que harán soñar más que una droga y casas donde sólo se podrá amar. Otras atraerán irremisiblemente a los viajeros.

La actividad principal de los habitantes será la deriva continua. El cambio de paisaje a cada hora provocará una desorientación absoluta.”

Gilles Ivain

 Formulario para un nuevo urbanismo. 1958.
 

Querida Aitana,

El jueves, al salir del teatro, con la mirada entumecida y el cansancio apretando las sienes, me decía a mi mismo: “No voy a escribir de esta obra”. Me declaraba incapaz de situarme en algún lugar “dinámico” para generar una reflexión que pudiera ¿qué? ¿aportar algo? ¿desentrañar? ¿evocar? ¿Ofrecerte algo a ti?

Volviendo a casa me preguntaba de dónde venía esa imposibilidad, o esa rotunda claridad de la conciencia que, como el reverso de mi mismo, repetía, no puedes escribir, no hay nada que escribir. Y, sin embargo, algo así como una obligación, un mandato personal de hacerlo. Qué diálogos extraños mantenemos a veces con nosotros mismos. La tensión entre el deseo y la conciencia es constante en nosotros; cuando no existe, puede dar lugar al placer o al desastre, o vete tú a saber.

Esa tensión está también (no se si siempre), en el acto creativo. Hacer, no hacer. Ser firme, mantener vivos ¿principios? ¿ideas? ¿Corazonadas? ¿obsesiones?. La cabeza siempre bombeando pensamientos, imágenes contaminadas, nociones del tiempo desmembradas. Y seguir, viviendo, sobreviviendo en esa tensión, seguir.

No escribir sobre La Casa es decir sobre La Casa. Eso fue lo último que me dije a mi mismo, para sentenciar el diálogo.

La posibilidad de no escribir sobre La Casa (aparte de mis dudas sobre qué sentido tiene esto que hago ahora), tiene que ver con una suerte de naturaleza efímera que me impregnó a lo largo del tiempo de la observación. Las certezas, las sólidas ideas materializadas en imágenes escénicas, nos colocan en algún lugar, de aceptación o rechazo, de “asimilación”, de la manera que sea. Pero La Casa nada tiene que ver con eso. La Casa ofrece tiempo, aire, espacio vacío (imposible de llenar), movimiento constante, acciones que apenas se depositan, objetos transformados constantemente. Todo parece infinito y efímero. La Casa es un recorrido perpetuo. Acción, construcción, destrucción, renovación. A nosotros, espectadores, nos ha tocado vivir un tiempo de observación, y cuando nuestro tiempo se termina, las puertas del teatro se abren y nos invitan a salir. Pero nada ha concluido. Esa es la sensación.

Podemos sentir o imaginar que La Casa continúa allí, haciéndose y deshaciéndose, generando espacio, percepción. Vacíos imposibles de llenar. Se deja paso a nuevos rostros, nuevos observadores y todo sigue, sigue, sigue, en eterna y continúa trasformación.

¿Cómo se puede hablar de algo que no se ha depositado, que continua en movimiento, de-formándose hasta el infinito? ¿Qué nos cuenta esa materia inaprensible?

La Casa genera, irremediablemente, inquietud. Y esa sensación es mala compañera de la reflexión. Hay una inquietud de mentira y otra de verdad. Qué se yo, Castellucci es un maestro generando inquietud de mentira. Son efectos. Molan. Sonido inquietante, presencias inquietantes, luz inquietante, objetos enigmáticos. Te conduce de la mano hacia alguna conclusión moral, metafísica, mundana, estratosférica.

Hay otra inquietud que te deja solo ante el peligro. Despoja tu mirada, tu especulación, tu deseo de respuestas. El tiempo pasa y es difícil encontrar el anclaje. Porque la mirada y la reflexión son lugares impuros, un tejido, muchas veces incoherente, que pasa de lo prosaico o irreverente a lo profundo o insondable, de lo abstracto a lo concreto. Y es estupendo cuando las obras nos conducen hacia certeras conclusiones y entonces aplaudimos emocionados o disentimos indignados. O nada. Pero en La Casa la mirada y la reflexión vagan perdidas, la obra sigue su camino, el tiempo pasa y las certezas se diluyen y, al mismo tiempo que pienso (yo) en el tamaño de las pililas de los intérpretes o en los culos que se habrán sentado en la taza de water que manipulan, Sísifo está ahí, absurdo y ciego y también recuerdo a  Constant y el nomadismo, el homo ludens, el vacío imposible y qué se yo cuantas cosas más. Y respiro y sonrío, todo forma un tejido, todo es estar y observación, uno mismo.

Hacer, hacer, insistir, construir, destruir, trasformar, concluir, no concluir, colocar, descolocar, cambiar. Insistir. Ésta palabra siempre me recuerda a Elena Córdoba. Hay palabras asociadas a personas y ésta tiene el rostro de Elena. Con ella aprendí lo que la insistencia puede trasformar el gesto, el movimiento, la energía. La percepción. La del intérprete y, lógicamente, la del observador. Como tú bien dices, insistir es encontrar algo nuevo. Los intérpretes insisten (Sísifo) pero tú nos das la responsabilidad de insistir también, de dejarnos construir, destruir, trasformar, colocar, descolocar, cambiar. ¿Es La Casa la que me trasforma o soy yo, mi insistencia de observador, la que provoca voluntariamente el cambio en la percepción?

También está la fascinación. La acumulación, la belleza de los cuerpos cansados, la apertura para dejarse traspasar por el tiempo y la acción (y ser, por fin, traspasado), nos lleva a la fascinación. (El fascinum es el phallos, la polla, así que la fascinación debe tener su origen en que se te ponga dura o algo así. Las pollas, maldita sea, siempre presentes).

Tanto la inquietud como la fascinación tienen, en la misma moneda, anverso y reverso. La moneda somos nosotros, el público. El reverso está en el que rechaza ser inquietado, en el que rechaza ser fascinado. Los que, respetablemente, abandonan. No sienten el hueco de la pregunta, el esfuerzo de esperar y dejarse traspasar.

Huecos, preguntas.

Y en ese reverso está, como si se tratara de un espejo, la imagen devuelta de lo que ocurre en escena. El patio de butacas deja huecos, los cuerpos se mueven, se retuercen en los asientos, cambian de posición. Se paran a tomar aire. Otra arquitectura móvil.

Desde la primera fila del teatro, sentía, sobretodo, la inquietud. A mi lado alguien abandona. Detrás de mi, algunos hablan sin pudor. Siento, pero no veo, gentes que se van. A mi otro lado, un chico sonríe, casi una risa, no sé por qué. Y entonces, me vino a la cabeza una idea imposible: Igual que los intérpretes colocan sistemática y minuciosamente en el escenario residuos, muebles o sombra de ellos, partículas de hogares, casas, in-muebles, yo imagino cómo recolectar los residuos que se generan en el patio de butacas, los residuos de los observadores: palabras oídas al azar, reflexiones compartidas, aullidos, bostezos, miradas de asombro, opiniones, gestos, huidas, cansancios, fascinaciones. Todo esto, desmembrado, des-contextualizado (si es eso posible), puesto sobre un lugar (o el papel), generando aire, espacio, relaciones invisibles. Una arquitectura efímera hecha con retales de los observadores.

Creo que así, (perdona por esta afirmación) tu obra estaría en verdad completa. Construimos una Casa, hagámosla entre todos. Alguien puede pegar alguno de los residuos con algún tipo de fluido. Empujamos y le damos la vuelta, deshacemos y volvemos a hacer. Pasa el tiempo. Imagina que puedes observar todo eso y que tu mirada y tu percepción sobre tu propia obra vibra y se trasforma, te sorprende, te hiere, te ilumina, te hastía. Todos los pedazos y residuos, de uno y otro lado, se mezclan, forman nuevas arquitecturas. Se trasforman con el tiempo y la insistencia.

Quizá tu presencia entre nosotros durante la obra, tenga que ver con esto. Quizá no.

(Una anécdota: soy de los que, ya con unos años de teatro a la espalda, cuando ve al autor entrar y salir de escena, recuerda, irremediablemente, a Tadeusz Kantor. Todo ese montón de madera, ayudaba también a recordar al maestro.)

Muchas gracias por vuestro trabajo,

Carlos Fernández

Ciudadparaotravida.wordpress.com

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