Guía de perplejos y muertos: una deriva con L’Alakran

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Texto: Pablo Caruana

Acabamos de terminar la deriva de “La conquista de lo inútil”, un pequeño periplo con la compañía L’Alakran que ha tenido lugar dos horas y media antes de la función en los alrededores del Teatro Pradillo, es decir en el barrio de Prosperidad.

Como máxima dada a los peripatéticos: “avanzar para volver al origen”, “el entusiasmo como inutilidad”.

Salimos de Pradillo, no sé cómo sería en los ochenta, barrio efervescente y combativo, sí sé cómo fue en los noventa y principios del XXI, una nada; pero ahora, y conquistando la mirada, lo que ves cuando paseas sin tú decidir el rumbo y puedes centrar los ojos, lo primero que te salta al cuello es la pobreza. Rumanos tirando de carritos, ciudadanos viviendo en bancos, comercios de la calle Sánchez Pacheco de maderas que parece sucumben, madres y niños vestidos con humildad, con necesidad. Puta crisis de la que la gente paró de hablar, puto sufrimiento ya larvado y aceptado sin remisión, por ahora.

Txubio y Oscar nos guían, primera parada en una pequeña rama al borde de la carretera, el paisaje cambió un poco, estamos frente al Auditorio Nacional, un bar ya de gente pudiente ríe y se mueve, desapareció el sufrimiento, Madrid se reconstruye y muta a cada esquina. La pequeña rama nos dicen habla del entusiasmo, del empuje, ahí frágil y absurda frente al gran edificio sinfónico. Oscar le un poema de Oteiza, contradictorio, habla de aguas que se levantan y están muertas, de nubes que se deshacen y nos empujan, el viento sacude la pequeña rama de lo que parece ser un olmo blanco. Comienza un camino de fantasmas que estará plagado de viejos cascarrabias desaparecidos o yéndose:

Continuamos. Llegamos al epicentro del barrio, Txubio nos sitúa frente a un monumento nuevo, en mármol o similar de un oso y madroño erigido por nuestra primera alcaldesa. Nos cuenta la historia de que fue sustituido por otro con leyenda goyesca erigido por la ciudadanía, desaparecido porque sí, aparece una anécdota sobre Sánchez Ferlosio sentado en un banco, justó aquí y yo pienso en este barrio, miro a mi izquierda y veo la antigua casa de Onetti, miro a la derecha y veo la casa desguace de Michi Panero, el camino se va plagando de fantasmas, de cascarrabias inútiles que para mí son la argamasa de mi educación sentimental. Y pienso en este barrio de mierda en el que llevo años cayendo, que nada me dice y en el que también voy dejándome sin quererlo memoria.

Continúa el paseo, llegamos a una pequeña casa, de las antiguas colonias aquí residentes, de un Madrid ido, de una república que no fue. Seguimos, llegamos a un parque que rememora viejas luchas de los ochenta y noventa, entre antifas, skinheads y pijos malos del puto barrio de Bernabéu, otro Madrid ido, ya en la memoria, ese Madrid donde testosterona, fútbol, pseudo-ideología y puños americanos estaban día sí y día también en mi vida de adolescente. Txubio lee un libro de muertos sobre lo útil, sobre lo inútil, sobre el miedo, sobre la libertad sin que sea citada.

Continuamos, llegamos a Pradillo y en esa rampa de garaje de la entrada L’Alakran se despide, diciendo que cumplieron el volver al origen, origen de paseo y de un estreno, su primero en Madrid, en sus comienzos, en este mismo teatro. En este teatro amenazado, bueno amenazado no, herido de muerte.

Volver al comienzo parece una decisión aunque también suena a condena, qué más podemos hacer que eso. Lo único, quizá, es no hablar tanto de progresar, de proyectos, matando así la posibilidad.

En veinte minutos comienza la obra, quedan esta y dos funciones más. Pienso en el pequeño paseo, en su inutilidad. En la voluntad de que la escena no sea tan solo el rito, en que se expanda sin alharacas y se haga y se reciba desde la ciudadanía. Y me quedo pensando en Santa María, puto Onetti, si lo citas hay que hacerlo bien. Así que ahí va: “Todo es inútil y hay que tener por lo menos el valor de no usar pretextos”.

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