Un teatro sin límites necesita una crítica sin límites

¿Sirve la crítica convencional para hablar de lo que se ha visto y se podrá ver en el Teatro Valle-Inclán? Salgo chocado del espectáculo del Conde de Torrefiel. De esa “imposibilidad” de ser frente al paisaje. Salgo con más conocimiento después de escucharlos en el vermú del Reina y de la conferencia de Roberto Fratini. Conocimiento al que no veo utilidad sin astucia. Y trato de escribir algo coherente que permitiese a los espectadores (tanto los que asistieron como los que asistirán o no) hacerse una idea, hacerse cargo de ella, hacerla suya, apropiársela. Trato de escribir algo que pueda ayudar a los programadores que me leyesen a plantearse si su teatro tiene un público para este espectáculo, o si merece la pena arriesgarse para empezar a crear ese público o a atraer a ese público que nunca vino al teatro. ¿Pero cómo contar una obra que acaba con un cuarteto de pedos? Una obra inflada y que, literalmente, se infla en un momento de la representación. En la que el espectador es obligado a ver como se infla y se desinfla, igual que sus bailarines/actores. Y, encima, hacerles entender que es buena, jodidamente buena y que sin embargo no lo notarán, no se darán cuenta, porque pensarán todo lo contrario.

Recurrir a la crítica convencional, al análisis formal, a la buena actuación o no de sus interpretes, a la descripción del escenario, es insuficiente. Pues se trata de un espacio vacío que va siendo ocupado por cinco bailarines/actores, aunque no son ni una cosa ni la otra. Son simplemente cuerpos, cuerpos que se desnudan y se visten, cuerpos fuera de la norma de los cuerpos de baile. Gente de aspecto normal. De los colegas de cañas, los que te acompañan en las verbenas de Lavapiés. Cuyos “normales” movimientos de gente en el espacio, nada de plies, nada de saltos, configuran una coreografía de nuestro tiempo combinándolos con las posturas a las que Tunick el fotógrafo somete a sus modelos, también normales, a lo largo de sitios emblemáticos de Europa y que ellos copian. La de personas corrientes y molientes ávidas de una experiencia de “estar” en el lugar apropiado en el momento adecuado antes de “ser” en lugar apropiado y en el momento apropiado. Ser ellos mismos. Ser cada uno de nosotros, nosotros mismos.

Lo mismo pasa con el texto. Con las palabras. Un lugar, una ciudad, es una palabra que se dice o se proyecta. Un autor, conocido o no, son las palabras que escribe y que se dicen. Palabras microfonadas que suenan con la misma calidad en todos los puntos del teatro. Palabras átonas que parece ser la forma de decir de nuestro tiempo. Palabras que crean un espacio sobre el escenario y que a la vez niegan el escenario. Sobre el que los elementos son mínimos. Una montaña de bolsas de basura que se pasean de un lado a otro cuando se habla de comprar en un supermercado. Una selva joven, pequeña, enana compuesta por un número pequeño de plantas en macetas que se pasean sobre una plataforma móvil y que se agitan tirando de una cuerda. Acciones para las que este escenario parece inmenso, lo mismo que parece pequeño para lo dicho.

¿Cómo cuenta esto un crítico sin que le tachen de loco? ¿Cómo cuenta esto un crítico “limitado” o “con limitaciones” propias de lo aprendido haciéndose un profesional o impuestas por un medio? El medio que le paga por un número de palabras, por ocupar un espacio y “acompañar” al editorial del periódico, de la revista, del medio, que como todo medio tiene un fin, un fin concreto.

Y, sin embargo, por “La posibilidad de ser frente al paisaje” merece la pena arriesgarse. Y, en este caso, arriesgarse significa aburrirse y aburrir. Significa ser claro y confundir. Significa querer borrarlo todo cuando se llega al final pues ni interesará a los lectores ni pasará el filtro del editor. Significa “inflarse” y “desinflarse”. Dar la impresión, seguramente real, de aliviar “las flatulencias” que provoca la ansiedad de la escritura, la hiperventilación que provoca el riesgo, la misma que provoca el ir de un lado a otro para no perderse nada, ni una sola experiencia, de las que prometen la “ revolución” de la felicidad, la de verdad, la que no es autoayuda, que, gracias a los artistas, se propone y, a la vez, gracias a su acción, se pospone, la posponemos individualmente y, al agruparnos, desindividualizarnos, la recomponemos.

Ni hacer ni deshacer, he ahí el dilema de nuestro tiempo. He ahí el límite que la crítica debe romper porque hay un mundo teatral ahí fuera esperando ser contado y hay unos espectadores individuales, a los que se les han arrebatado las palabras, son conscientes de que se les ha limitado, y están buscando a alguien que en la soledad de la lectura les permita leer sin límites, reflexionar sin límites, sobre lo que es hoy y ahora “ser” un ser humano antes de que (in)voluntariamente se disuelva en el paisaje moral, económico y estadístico que lo rodea, un paisaje feliz que bien pensado le hace un infeliz.

Pero bueno, ¿no se habían dado cuenta que con el párrafo anterior esta crítica/comentario se había acabado?

Antonio Hernández Nieto

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