GRADO 0. DÍA 5. La casa y el relato. Capítulo II. El relato.

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Texto: Carlos Fernández.

Fotografías: Javier Marquerie Bueno.

Por el mal que aqueja a la historia,
su ensoñación se volvió más peligrosa.
Allí fuimos.
John Ashbery

Y al despertar, todavía sin luz y rodeado de un silencio abrumador, la primera punzada tiene que ver con el deseo de contar.
¿Contar? ¿El qué?
Ayer, antes del sueño, desplegaba algo intangible, pienso que luminoso, certero.
No lo recuerdas.
No, no lo recuerdo. Quizá tenga que ver con esto que escribo, esta tarea extraña, Grado 0 de un deseo mortecino, hablar sobre lo que veo. Pero al despertar está solo el deseo, el hueco en la conciencia, nada más.
El deseo de contar.
Sí. También una aflicción de hartazgo, cierto malestar.
¿Por qué?
Creo que por malgastar el tiempo, o malgastar la vida perdiendo el tiempo, no lo sé. He dormido poco y puede que no tenga energía suficiente para alcanzar a recordar, a  encontrar la voluntad para escribir.
Pero no se malgasta la vida al restañar heridas con tiempo perdido.
Esa frase es buena. Un buen consuelo, bien expresado.
Gracias.
No hay material tangible en el desahogo.
Pero esa es otra historia ¿no?
Sí, lo es. Contar. He visto cosas y tengo que hablar de ellas. Tengo que hablar de lo que me sucede cuando observo, cuando escucho, cuando estoy frente a ti. Debo permanecer en un lugar neutral. Debo ser alguien, un poeta, por ejemplo, que observa y ejecuta una danza de palabras que cuentan (relatan) lo observado. Debo de hablar de lo que he visto, sin afrentar, sin enjuiciar.
Eso deberíamos hacer todos.
Sí, puede ser, pero no siempre resulta.

Contar (relatar) es destilar la realidad, una parte de ella y ofrecer algo nuevo, un pedazo trasformado de esa realidad.
Contar, yo creo, siempre es un acto de supervivencia. Contar y sobrevivir son dos verbos que se complementan; la narración ofrece un alimento inmaterial imprescindible, todos nos alzamos sobre un tejido de voces que nos han dado y nos dan forma y sentido. Somos relatos, todos juntos, cada uno.
Primo Levi recita a Dante en el campo de concentración. Lo hace para no desaparecer en vida, para ser algo más que un cuerpo en las últimas, para sobrevivir.
Un padre se sienta en la cama y cuenta un cuento a su hija. Se forma un círculo inmortal en el que están incluidos los dos y el mundo desaparece. Sobreviven al tiempo, al peligro y a unos cuantos misterios más.
Tú me cuentas, yo te escucho. Tan importante es para ti desarrollar ese relato, como para mi apropiarme de él. En ese sentido, sobrevivimos los dos.
El relato ofrece reparación y consuelo. Un latigazo eléctrico en nuestro cerebro que restaura algo primordial.

La razón esencial del artista es su deseo profundo de compartir. En algún lugar de la historia del arte, no muy lejano, ese deseo se fue supliendo por el deseo de trasformar el relato en un ejercicio sobre la forma de relatar. La forma se desgaja del contenido como vehículo-motor de la narración y se convierte en contenido en sí mismo. El artista reivindica para el formato una vida propia: sentimientos, agudezas, materias, texturas, conceptos. Lo que ocurre entonces es que el sentido se queda bailando en el filo de la incertidumbre. El relato se diluye o se amplía su sentido; escuchar se convierte en un subjetivo balanceo entre el entendimiento, la pérdida y la especulación.

Los discursos no son arte. La filosofía no es arte. Los conceptos no son arte. La reflexión no es arte. La política no es arte. La moral no es arte.
Eso lo dices tú, así, y te quedas tan ancho.
Es lo que pienso.
Pero sería muy fácil rebatirte esa opinión tan maniquea.
¿Sí? ¿Cómo? hazlo.
Poniéndote algunos ejemplos magistrales.
¿Magistrales? ¿Como cual?
Hay muchos, es fácil.
Adelante. Organicemos la discrepancia a través de ejemplos.
Sería fácil.
Hazlo.
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Puedo resumir lo que he visto como si se tratara de un conjunto de relatos:
Asistimos a una conferencia sobre el estado de Veracruz, en México. Un bello lugar que se transfigura, se deforesta, como tantos otros. Pero el relato se trasforma en otra cosa. La historia del estado es la historia de la ignominia y la injusticia y, al final, la conferencia se convierte en un homenaje a dos personas asesinadas.
Dos ancianos pasean por un pedazo de su barrio madrileño, Lavapiés. Hablan con dos jóvenes, pasan el tiempo. Un tiempo perecedero, casi agotado. Un tiempo inmenso a sus espaldas, conversaciones cargadas de fragilidad y ternura.
Una mujer juega con las palabras y con uno de los elementos que les dan forma: su mandíbula. Ella construye y deforma las palabras, en un juego irreverente en el que palabras y mandíbula parecen ser las responsables del sentido, como si ella, la mujer, no fuera más que la simple ejecutante de la partitura emocional que provocan.
Hay un muerto en la casa. Y una mujer que, como si se tratara de una niña, no entiende el sentido de la muerte en un cuerpo que parece todavía caliente. Y otra mujer que llega e intenta explicar el significado de esa ausencia de vida, tan fácil y tan complejo al mismo tiempo. Habitan un espacio que desaparece.
Un hombre ofrece un trueque. Tiempo y algo de dinero a cambio de la vida. Hay algo desesperado en su ofrecimiento. En realidad es él el responsable del intercambio, pero consigue involucrarnos en su exasperado trueque.
Un grupo de personas accede al interior de una cueva. Como las múltiples y casi infinitas galerías que se despliegan en ella, la visita se convierte en el descubrimiento de otras galerías de una historia, la de las personas que estuvieron allí por primera vez, retazos de sus vidas, fogonazos y oscuridad, una oscuridad que nos permite ver.
Un hombre corre extasiado por los sonidos que produce su cuerpo. El movimiento provoca sonido y éste más movimiento, hipnotizando a los que observan de cerca.

Éste podría ser mi relato. Los que hayan visto lo que yo he visto, se sorprenderán de él, estarán de acuerdo o no en la manera en que lo narro, disentirán y dirán: yo no vi eso. Estúpida forma de resumirlo. O, por el contrario: bonita manera de contar. O, simplemente, nada. Al final, la larga disertación, el profundo análisis tiene como elemento fundamental la forma. El relato, en sí, es sencillo, eso es (en) lo que yo creo.

Contar para sobrevivir es una manera dramática de nombrar un ciclo de obras y artistas que cuentan cosas tan diversas y de tan diversa manera. Los artistas tienen sobre sí ese luminoso, pesado y trágico. ¿Han pensado en él al construir sus obras? Probablemente, tan solo en un primer momento, en una primera y leve inspiración o quizá hayan ido más allá. Sin embargo, ¿a qué otro territorio han llegado, mas que a ese que señala el relato (el formato) como la única e imprescindible forma de sobrevivir como artistas, como personas?

¿Era todo lo que querías decir?
No, falta algo pero no se cómo articularlo sin que suene blando.
¿Blando? ¿Y qué coño importa que suene blando?
Ya. No lo sé. Me he dado cuenta de que hay un montón de gente que escucha.
¿Y? ¿Exceso de responsabilidad?
No lo sé. Me preocupo más de la cuenta por el formato.
No me jodas. Suéltalo y déjate de gilipolleces.
La generosidad.
La generosidad.
Sí. Creo que todos han sido extremadamente generosos. Todos ellos, todas ellas.
Bueno, eso no es blando.
Me ha llegado al corazón su derroche y esto no es algo que a la gente tenga que importarle.
Bueno, pero tú lo sueltas y ya está. ¿Algo más?
Sí. Otra cosa difícil de explicar. Hablo de todos a la vez, incluso incluyo en esto a Lagartijas que no estaban dentro del ciclo Contar para sobrevivir. Y quizá no todos tienen que ver con esto pero no quiero establecer grupos o miradas diferenciadas. Hay una forma de “intermediar”, de ser la voz de otros, algo que hace aflorar en los relatos una belleza primordial, una maravillosa forma de conectar con el que escucha, a través de algo así como testimonios. Eso también me ha llegado al corazón.
Pues ya lo has dicho, creo que se entiende.

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