Carta a M.

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Texto de Rúben Ramos.

Fotografía de Javier Marquerie Bueno.
Te prometí que te contaría de qué va todo esto. He tardado un poco más de lo previsto. Disculpa el retraso. He estado viajando estos días y no he tenido un momento libre. Además, como te dije por whatsapp, creía que otro periodista iba a publicar en breve un artículo sobre el tema. El periodista ha publicado el artículo pero no cuenta demasiado sobre lo que yo quería explicarte. Por eso estoy escribiéndote esto. Como te dije, para no hacerme más el misterioso, todo esto forma parte de una acción artística que se presentó el jueves, en Madrid. Yo fui parte del público asistente. Di mi número de teléfono sin saber de qué iba esto porque el artista nos lo pidió, a través de una chica del público, que se levantó de su butaca y, dirigiéndose a todo el público, nos dijo que estaba en contacto con el artista y que él le había dicho que hasta que no le enviásemos un whatsapp al número de teléfono español que ella nos comunicó no comenzaría la función. El artista, Alejandro G. Ruffoni, dio por supuesto que todo el mundo tendría whatsapp. No era así pero eso al final no fue obstáculo para comenzar. También nos dijo que no nos iba a incluir en ninguna lista de whatsapp, que no nos preocupáramos. Creo que ahí hizo un poco de trampa aunque es cierto que no nos incluyó en ninguna lista. No exactamente. El artista presentaba la cuarta pieza de una sesión donde intervenían varios artistas, en la Sala Valle-Inclán, en pleno centro del barrio de Lavapiés. Ese teatro pertenece al Centro Dramático Nacional. La sesión estaba dentro de la programación de un ciclo que se llama El lugar sin límites. Esta sesión se repitió al día siguiente. Solo dos días, jueves y viernes.  Yo estuve el jueves. Alejandro G. Ruffoni, después de que una gran parte de las 200 personas que estábamos entre el público le enviásemos un whatsapp, apareció allá a lo lejos, al final del escenario, desnudo y pintado completamente de negro. Fue acercándose poco a poco hacia donde se encontraba el público, como escondiéndose, pegado a la pared del escenario, a la derecha. Cuando acabó su entrada se dirigió al público y nos contó en qué iba a consistir su acción. Dijo que los comisarios del ciclo, que este año lleva el subtítulo de La casa y el relato, le habían propuesto que hiciese algo nuevo sobre el mismo tema que propusieron al resto de artistas de esta sesión: Contar para sobre / vivir. Dijo que acababa de llegar del país donde nació. No nos dijo cuál era ese país. Durante la media hora que duró su intervención siempre se refirió a ese país, tu país, de ese modo, sin decirnos de qué país se trataba. Los que conocemos su país de procedencia, entre los que me incluyo, sabíamos perfectamente de qué país se trataba, pero el público, en general, no tenía por qué saberlo. Nos dijo que en su país de origen, porque él hace muchos años que vive en España, este mes habían muerto asesinadas más de 500 personas. Nos dijo muchas cosas, no las recuerdo todas (intentaré hacer un esfuerzo para recordar las principales) porque no paró de hablar en ningún momento. Nos dijo que, teniendo en cuenta el tema propuesto, se había puesto a contar. Había contado que seríamos unas 200 personas de público y que cada una de ellas pagaríamos 20€ por la entrada. Ahí se equivocó un poco porque la entrada general valía 25€, aunque con descuentos podía salir, más o menos, por la mitad. Dijo que pensó que 20€ es el sueldo mínimo que cobra un asalariado en su país por un mes de trabajo, aunque eso, nos dijo, fluctúa mucho en función del cambio de moneda y el mercado negro. Dijo que pensó en contratar a 200 personas de su país con ese dinero. Pensó en que, para poder trabajar, lo primero es estar vivo y que, eso, en su país no era tan fácil, teniendo en cuenta el número de gente que muere por muerte violenta. Dijo que él mismo había presenciado dos homicidios en el tiempo que ha durado su último viaje allí. Entonces, dijo, se le ocurrió contratar a 200 personas y pagarles sólo por sobrevivir. Para demostrar que están vivas, se le ocurrió que esas personas deberían enviar un whatsapp diario. ¿A quién? No a él, a cada uno de nosotros, a los que asistimos a su intervención y le dimos nuestro número de teléfono al enviarle los whatsapps al inicio de la función. Nos dijo que a cada uno del público asistente nos asignarían a alguna de esas 200 personas para que nos enviase un whatsapp, como mínimo, cada día. Y que íbamos a tener una relación con esa persona durante un mes. Al finalizar el mes, nos preguntarían si esa persona había cumplido su parte del contrato. Si fuese así le pagarían 20€. En caso contrario, no cobrarían. Nos dejó la responsabilidad a cada uno de nosotros de vigilar el cumplimiento de ese contrato. Y nos hizo sentir un poco culpables en el caso de desentendernos de la situación. La acción, como nos dijo, comenzaba a partir de que se acabase su intervención y finalizará de aquí a tres semanas. Tú eres una de esas personas que él ha contratado. Según él, en nuestra mano está que cobréis o no esos 20€. Como para tranquilizarnos, nos dijo que, él y quien le ayudó a seleccionar y contactar a los 200 empleados, habían seleccionado a profesores universitarios, gente relacionada con profesiones creativas y no me acuerdo qué más. Entendí que quería decir que eran gente con un nivel cultural lo suficientemente tranquilizador, alguien con quien, estar ligado virtualmente durante un mes, esta relación, resultase, a su juicio, interesante. Diría que se puso algo clasista, ahí. Quizá pensó que éramos nosotros los que tendríamos prejuicios de ese tipo. Tuvo el prejuicio de que tendríamos prejuicios. No lo sé. En fin, esto es más o menos lo que pasó. A ti no te lo contaron y por eso, supongo, me enviaste esos primeros mensajes en los que me decías que eras mi contacto de Venezuela y me pedías que te contase sobre esto o sobre lo que necesitase. No necesito nada, ya te dije. Te prometí que te contaría todo esto. Ahora ya lo sabes. Lo he escrito en los tiempos muertos que he tenido hoy, mientras trabajaba, de sol a sol, en un día festivo para el resto de mis compatriotas, en el que se celebra que Colón descubrió América (y cosas peores, me parece). Es una situación un poco incómoda. No sé qué te parece. Me gustaría conocer tu opinión.

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