El Presente | Crónica

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Fotos de: Christian Berthelot. 

Me gusta el comienzo de esta obra con esa imagen de jóvenes que luego descubrimos que ya son “viejos”, con esa llama tan símbolo de deseo y urgencia llegando hasta la palabra. Y con esas voces marcianas, distorsionadas y amplificadas que parecieran de película b robótica y futurista. Pero ya el primer texto, costumbrista y urbanita, denota que esto va de lo que está pasando ahora. Loriente desgrana un texto sobre la confusión de géneros en los nuevos comercios “(…) y la tienda de ropa interior debe hacerte creer que estás allí para comprar tés de la India. / Hoy entré en un local de estos y no supe si pedir un Dry Martini o un par de calcetines de deporte”. Y uno piensa, caray, no hay duda, está hablando exactamente de mi barrio: Malasaña.

La obra seguirá esta inmersión entre la capacidad de la película futurista de representar un mundo posible, futuro, donde las consecuencias parecen haber sido llevadas a un extremo, pero que al mismo tiempo no es sino un reflejo, una buena mirilla, para saber qué nos está pasando ahora. “(…) El universo del niño, sus borrosos recuerdos de la infancia, se relacionarán solo con franquicias. Esto asegura que esos bebés, cuando alcancen la edad adulta, tendrán todos la misma clase de recuerdos y gustos similares. / Lo que elimina la lucha de clases, todo tipo de discrepancia, facilita el entendimiento y evita guerra mundiales”, dice también Loriente un poco después desgranando la posibilidad de esa raza futura orwelliana de la que ya somos parte nosotros. Solo hay que pensar en el “revival” colectivo al que se quiere reducir nuestra memoria.

Esta pieza de García tiene casi nueve años. Viene de repente del pasado, algo que nunca había ocurrido con el teatro de este creador. Quizá tan solo con el monólogo “Borges”, pero por otras circunstancias. García en su nueva etapa como director del CDN de Montpellier ha decidido volver a montarla. Quería que la gente de Montpellier conociese su trabajo y ha rescatado esta pieza que se empareja con una etapa donde su trabajo se vuelve más limpio escénicamente, más silencioso y más triste. Ya no está Jorge Hornos en escena, lo sustituye Gonzalo Cunill. Eso es el cambio que ha sufrido y al mismo tiempo ganado la obra. Lo demás está. Es la segunda obra de García producida por teatros nacionales franceses (la primera fue “Jardinería Humana” (2003)). Se estrenó en el Theatre National de Bretagne. Y fue muy bien acogida.

Pero las obras de arte, el teatro, no se entienden cronológicamente. Creo. “Arrojad mis cenizas sobre Mickey” o “Esparcid mis cenizas sobre Eurodisney”, tal y como se llamaba cuando se estrenó y hubo que cambiar el título por posibles demandas, tiene su propio cuerpo, su propio organismo que respira y suda, y hasta sueña. Es cierto que se pueden ver evoluciones, cambios, etc. Entre ellos destacan el ajuste y engranaje que se va conformando entre el texto proyectado y la escena (que viene ajustándose desde “Aftersun” (2001)), y el uso del sonido que en esta obra llega a su cenit en la escena de los hámsteres donde suena un helicóptero que hace temblar el suelo de todo el teatro y también nuestras carnes. Un sonido que no es banda sonora, que no acompaña, sino que da sentido y ayuda a componer semánticamente la escena. Dos pequeñas cosas sobre este último momento. El primero es la resignificación que cogió en Madrid este momento (más cuando la escena estaba censurada y modificada por la amenaza de la Comunidad de Madrid de sanciones por maltrato animal). Madrid se ha pasado estos últimos tres años vigilado por helicópteros que sobrevolaban el movimiento ciudadano que pedía un cambio en las calles. El poder utilizó esta simbología sonora y mecánica con profusión. Los madrileños tenemos ese sonido y dolor de cuello lleno de rabia metido hasta el tuétano. Y así sonaba, así temblaba en nuestros cuerpos sentaditos en el CDN mientras el texto substitutivo a fuerza decía aquello de: “estoy hasta el culo de vuestra moral (…) otro momentazo vergonzoso para Madrid”.

El segundo aspecto es, como decía, el uso preciso del sonido como elemento escénico que resignifica lo que está pasando en escena. El sonido del helicóptero continúa una vez acabada la escena de los hámsteres, se queda primero con la escena vacía, luego entran Nuria Lloansi y Loriente con una camiseta de Rosseau y Montaigne y comienzan a “follarse” las cabezas, continua el ruido ensordecedor del helicóptero y la tensión sube en escena, aquello parece una violación, un acto violento representado. Se acaba el sonido y oímos a Loriente y Lloansi en el silencio que se ha abierto decirse: “así, sí, ahí mejor, sí colócate mejor de esta manera”, etc. Y la escena se transforma en algo cómico, incluso cercano, íntimo.

Pero nos preguntábamos por el núcleo de la pieza, del porqué de su existir. Probemos.

La obra en un comienzo es una consecución de escenas autónomas, que van incidiendo pero que se sostienen por sí mismas. La primera escena con el fuego donde la palabra es dicha. La dedicada al cuerpo objeto viviente recubierto en miel donde la palabra comienza a ser proyectada, los hámsteres, Montaigne y Rosseau, la entrada de la realidad hecha familia y encerrada en un coche, el acto de rapar a una mujer (que en España y en Europa sigue teniendo una simbología difícil de digerir) mientras se habla de educación. En todas ellas se va hablando de lo que estamos perdiendo como individuos en una sociedad, la capitalista, fagocitadora. García establece con el espectador una conversación a través de los textos proyectados. Los intérpretes van ejecutando acciones, predomina el silencio para que esa conversación se vaya dando en calma e intimidad de dos, la escena se vuelve una caja de resonancia reflexiva. Y los textos van cayendo:

“Y tengo el tacto tan poco habituado a la materia sin utilidad, a la materia virgen antes de ser convertida en objeto de uso (…) Y cuando tuve que tocar un cuerpo caliente que dormía a mi lado, no supe hacerlo”.

“Hoy para cualquier mente considerada normal un bosque es mil veces menos atractivo que Eurodisney (…) Para una mente considerada normal, hoy, las sillas son más apetecibles que los árboles tumbados (…) Y nos emocionamos frente a actores que representan ficciones para no entrar nosotros mismos en mundos inexplorados. Y ya nadie desea vislumbrar sombras (…) Hice chasquidos con mis dedos y nadie se giró. / Y pensé que los oídos ya no podían escuchar este tipo de sonidos: chasquidos de dedos y lengua, suspiros profundos, rascarse uno la cabeza o la palabra basta susurrada”.

“Y me sumé al afán de eternidad copiando los gestos de todo el mundo, empeñado en la carrera de la distracción. / Distraído en cosas de todos los días, sin pensar un solo segundo en la muerte, seré poco a poco eterno. Y usé como pasatiempo las armas comunes: la curiosidad, el miedo y el deseo (…)”.

Van cayendo esos textos mientras en escena van pasando, en silencio, imágenes de una poderosa belleza como Lloansi desgranándose en lágrimas de miel con un cuerpo que se descompone con fuerza. O Cuniill, en silencio, tapado en bimbo y en tensión. El relato futurista se va metiendo en la esfera íntima de un ser dolido, herido, que como los judíos no representa a Dios en escena, que como la Escuela de Frankfurt de Horkheimer se despliega en lo no dicho, en una dialéctica negativa que nombra la esperanza negándola. Sacando a flote, en acto poderoso pero de una enorme tristeza, la capacidad herida pero todavía existente del ser humano de tener voluntad de trascendencia, voluntad de ser felices, de amar, de hermanarse, de reconciliarse con uno y con el otro. Aunque esté truncada, aunque duela decir que no se confía, lo que vemos es esa voluntad herida y que sigue aun así en lucha.

Y ahí la obra se rompe, se resquebraja, pierde forma o se hace forma. Comienza una larga escena donde Cunill, Loriente y Lloansi se bañan en una piscina de barro y deambulan a dos cuatro y seis patas por el escenario. Trabajo de cuerpo y libertad donde la ética y el hacer de los actores va construyendo el corazón de esta pieza. El espacio comienza a pesar y al mismo tiempo a levantarse sobre sí mismo. La determinación, la fe incluso, con la que trabajan los actores volatiza la pieza y el mismo rostro de Dios queda representado, Dios de trascendencia, voluntad y ética que construye el teatro de Rodrigo. De la dialéctica negativa se pasa a la “verdad manifiesta en acción” que el texto de la obra citaba al comienzo de la función.

Y ahí entra la belleza, el aire, descompuesto en luces que surge de los cuerpos de los actores. La pieza acaba con un texto dicho por Lloansi:

“Finalmente me di cuenta de que nada dejaba su huella en nadie porque todos consideraban tener siempre algo mejor y más importante por lo que preocuparse. Por lo general, me encontré con capullos especialistas en dar largas o evadirse. Y vi cómo la vida de cada uno que me cruzaba se reducía a dar largas a todo lo que llegaba del exterior y ellos consideraban problemático o nada placentero. Nadie estaba dispuesto a compartir realmente nada. Y nadie tenía la ambición por concluir, por agotar un momento. Todos querían alargar el momento hasta su disolución, querían ver cómo lo intenso perdía su olor, perdía su forma, se desvanecía y ya no era alarmante ni amenazador. Me encontré toda la vida con este tipo de gente, tristes magos que hacían desaparecer con trucos previsibles, trucos de malos magos, momentos verdaderos, momentos que prometían belleza. Esos instantes reclamaban audacia y nadie tenía cojones. Porque la belleza aparecía siempre, exclusivamente, en lo incierto. La belleza se insinuaba, esperaba, nos reclamaba. Tantas veces nos han llamado y no hemos escuchado esas voces o no quisimos escuchar esas voces porque no eran voces reconocibles y fuimos cobardes (…) Vi la vida manifestarse y me pareció poco. Y regresé a casa en primavera (…) La naturaleza estaba exultante. Y yo no. (…) Es duro ver cambiar los árboles, ver crecer la hierba, ver terneros a montones pegados a sus vacas y sentirte la misma de siempre, sin la oportunidad de renovarte, de resurgir (…)”.

El espacio transitado, lleno de huellas, con los actores exhaustos, con la recamara vacía, así acaba la obra de Garcia: la escena llena de vacío entregado, la platea como un receptáculo lleno de peso escénico.

POSDATA DE UNA SEMANA EN EL MOTOR DE UN AUTOBÚS

La semana ha sido intensa. Todo comenzó con artículos y entrevistas, la primera andanada de desconcierto nos llegó en una crítica de Vallejo en El país al “Carmen” de Távora: “El animal en lo oscuro”.  La crítica se publica el mismo jueves, antes de comenzar el ciclo, pero ya salen los nombres de Rodrigo García y Angélica Liddell. Vallejo en el párrafo de salida nos dice: “La incorporación del animal y de la banda de música, hace pensar en lo mucho que han usado en los últimos años estos recursos Rodrigo García y Angélica Liddell en sus espectáculos, teóricamente en los antípodas de los de Távora”. No sé donde nos quería llevar Vallejo, quizá era un simple calentamiento de motores. Quién sabe.

Luego llegarían comparaciones “estivales” entre el Frinje y este ciclo: “La vanguardia escénica es para el verano. A la espera de que comience el Frinje el próximo 3 de julio, el Centro Dramático Nacional y el Teatro Pradillo, se han aliado para programar el ciclo El lugar sin límites”, clamaba El Mundo. Y luego llegaría la pelea mediática absurda de la censura de los animales. Primero una crónica bien hecha en El Confindencial escrita por Prado Campos y publicada en la misma madrugada del estreno de la obra de García en el CDN. Buena nota, hecha a pie de calle. Prado Campos asiste al estreno de “Arrojad mis cenizas sobre Mickey” y cronica el desastre de ver una pieza censurada y mutilada en dos de sus escenas.

Y con la noticia se abrió la veda idiota de “animales sí, animales no”. Se acaba el debate artístico. El País se desayuna la noticia de El Confidencial y reacciona. Aurora Intxausti publica antes del mediodía en el diario on line: “Rodrigo García, obligado a ‘cercenar’ su obra en el Teatro Valle Inclán”. Buena nota, completa, extensa pero donde no se puede evitar el ir subiendo el grosor de la tinta, dice Intxausti: “el protagonista sacrifica a un bogavante colgándolo de un cable, antes de partirlo en dos, cocinarlo a la plancha y comérselo acompañado de una botella de vino blanco”. Sacrifica. Todos los ojos se van volviendo hacia el Teatro Pradillo donde ese día se estrena por fin, después de diez años “Accidens”. Al final del artículo Intxausti pregunta al crítico del diario, Marcos Ordoñez por el artista, y éste dice: “Me gusta Rodrigo García cuando me da brío y fluidez. Antes había una cáscara, un ruido de lavadora a toda máquina que se interponía entre su palabra y mi percepción. Puede que fuera cosa mía. O no. Ahora pienso que cada día escribe mejor, con más claridad y más misterio. Anoto y subrayo a cada paso, espigo y mezclo frases”. Bonito e inspirado final pero quepa señalar que este hombre de teatro es el que en el 2005 dijo aquello de: “Alguien debería atar a Rodrigo García a la pata de una mesa para que escribiera más cosas como éstas”, refiriéndose a las piezas de “Borges” y “Goya”. Siempre la palabra, siempre el texto. A Ordoñez, y lo dice él mismo, no le interesa el teatro de García, su propuesta artística, la desdeña (“El teatro de Rodrigo García nunca había logrado interesarme, nada, o muy poco”, dice al comienzo del artículo del 2005). Respetable opinión, por supuesto. Aquí va la mía, entender así el teatro es como el concepto de las mujeres que tiene mi compañero de trabajo que siempre me dice de una buena amiga: “No es muy guapa pero tiene unas tetas”.

Y así siguió la tarde, EFE que se monta al carro, repica La Vanguardia (con interesantes declaraciones de Getsemaní de San Marcos, directora del Teatro Pradillo), repica Infolibre, repica Málaga Hoy, repica el Diario.es… Y ni una palabra sobre el trabajo de Rodrigo, sobre su poesía escénica, sobre el trabajo inmenso de los tres actores en “Arrojad mis cenizas sobre Mickey”, nada, ni una coma. Tan solo Miguel Ayanz publica ese mismo viernes en papel una interesante crítica que todavía no está en la red. Pero el día acaba somero, redondo. Segunda y más ajustada función de “Arrojad mis cenizas sobre Mickey” a las ocho y media, y un Juan Loriente enorme que se ducha, se quita todo el barro del mundo y sale corriendo a Pradillo a meterse en ese personaje, gran hijo de puta impasible, inamovible, que realiza en “Accidens”. Pradillo lleno, a reventar, la obra perfecta, en su sitio. Acaba y ya nadie habla ni de maltratos, ni de censuras, gana la poesía, gana el teatro de Rodrigo García, de Juan Navarro, de Nuria Lloansi, de Gonzalo Cunill, de Carlos Carlos Marquerie…

La semana continuó, llegó el sábado, comenzó a funcionar el boca a boca, las funciones del CDN y las de Pradillo llenas otra vez. Siguió ganando la poesía. Continuó el domingo con un precioso vermút repleto de gente escuchando en el Reina Sofía a Rodrigo explicar, razonar, acompañado por un grande como Rubén Gutierrez. Contó Rodrigo que este verano comienza ensayos de su nueva obra, que no tiene idea de qué será, que posiblemente se llame “4”. Y una señora, enorme, del público, que dijo que había ido a ver la función porque su hija se dedica a estas cosas, dio una de las definiciones más precisas y bonitas del teatro de Rodrigo que he oído nunca. Y este ciclo / festival subió un peldaño, se elevó unos pocos centímetros, preparándose para más.

Pablo Caruana

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