Un hooligan del renacimiento

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Berlin Streetart – Mickey Hitler “Alles für die Katz ” (Prenzlauer Berg)

Algunas impresiones acerca de Arrojad mis cenizas sobre Mickey y Accidens. Matar para comer.

Puede que el teatro, ese lugar donde ni un cigarro se puede fumar, sea, como espacio protegido, un espacio ignífugo. Pero con el uso que le da al fuego (qué placer observar la llama que resbala reptilmente por la mecha), Rodrigo García descubre el pirómano que cada espectador lleva dentro.

El actor siempre debería ser un reo a punto de arder.

El interés por el fuego, el placer o alivio al presenciarlo, se asocia, en la literatura médica, a la micción descontrolada tras los seis años  –antes carece de mérito-. En Arrojad mis cenizas sobre Mickey asistimos a micciones de miel, arcilla y pelo… Por poco tiempo, la boca del Valle-Inclán se convierte en “coño empapado” donde los ejecutantes patinan, resbalan, derrapan, intentando, sin éxito, echar raíces… o raicillas. Cuando ya estamos completamente secos, solo queda segregar líquidos prestados: por camuflaje, por defensa.

Somos poco más que moluscos o crustáceos con derecho al voto.

¿Defensa de qué? ¿No era ignífugo el teatro? En esta y otras propuestas (solo hay que echar un vistazo a los títulos, Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo; Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba; La historia de Ronald, el payaso de McDonald’s; After Sun) García arroja su inocuo espray de defensa (su bolsa de tinta) a un mundo convertido en Teletienda, lleno de comerciales “morenos los doce meses del año” y vestidos como en “antiguos filmes del futuro”, donde el kitsch es pandemia.

Como un perito, pero a lo bruto, utilizando el estupor como única herramienta, García señala las goteras y cables pelados en el resort-mejor-de-los-mundos-posibles; gran burdel, donde “astutos” y “locos” bailan pegados.

Muchos de los pasajes de Arrojad mis cenizas sobre Mickey bien podrían pertenecer a la sociología. Pensemos en una trasposición: de “Cómo contar cuadros a una liebre muerta”, de Joseph Beuys, a “Cómo contar sociología a un mono obeso”. Al menos al comienzo de la pieza, estos se enuncian con voz filtrada a lo Darth Vader (ya no se puede hablar del simulacro si no es con vegetaciones en la garganta).

Rodrigo es poeta porque la palabra le abochorna: “Nos toca con urgencia repensar el lenguaje –afirma-, por el uso que de la lengua ha hecho la política”. Sus largas tiradas/enumeraciones nunca caen en la tautología, son epidérmicas (epidémicas) y, por ello, profundas (véase el texto, que se publicó bajo el título Esparcid mis cenizas en Eurodisney, en la recopilación Cenizas Escogidas, editada por La Uña Rota).

Bajo la luz de otro poeta, Carlos Marquerie, las cosas son lo que parecen: miel, arcilla y pelo… Todo lo contrario que en los publicitarios. Así es como en Arrojad mis cenizas sobre Mickey el castillo de Euro Disney (altar de los bellos durmientes) pasa del rosa al gris transilvano, y el ratón Mickey, más famoso que Jesucristo, se revela como el disfraz vacío que no dejarán de vestirse diferentes seres murientes en pos de los royalties.

Todo muere; Mickey y los royaties, no.

Los ratoncitos nadando en el acuario (esos que no pudimos ver en el Valle-Inclán por presiones de grupos animalistas-chantajistas) eran un recordatorio: in ictu oculi posdramático. El hámster es al dealer-Mickey, lo que Accidens a la cena de empresa o de Navidad, los sacramentos de una sociedad laica donde la música ambiente (¿Kenny G?) no deja oír los latidos del bogavante.

Accidens nos escupe, por así decir, la diferencia entre la matanza y la electrocución serial en los mataderos (indultada por el envase indoloro o el santo packaging). Cuando Juan Loriente, después de haber escuchado el corazón de su cena, enciende la plancha, un actor conocido de este país se levanta y abandona Pradillo farfullando en voz alta. ¿Haría lo mismo en uno de esos estúpidos brunch-brindis-lunch-contrato-social-merienda-de-monos-obesos-regada-de-caldos-reserva-de-cosecha-de? ¿Poner la mesa patas arriba? “¿Esto es cultura?”, se pregunta. SÍ, eso me temo cuando he de acudir al teatro para ver zampar a Loriente como mi padre lo hacía con los caracoles o cangrejos. ¿Dónde se aprende hoy a comer así, Juan? Ya nadie come con las manos. ¿Dónde se desaprende el protocolo en la mesa?

Loriente, animista sátrapa, podría hacerme escuchar también el corazón de un postre, el corazón de un tiramisú.

La realización de la antítesis hooliganismo y renacimiento, calvo con cruce de mangas y snobismo, o sea, gamberrismo ilustrado, solo puede darse en una sociedad profundamente pervertida, donde la norma es anormal, por no decir subnormal, y los mercaderes son mayoría en el templo.

Nadie nunca debería afirmar que el teatro de Rodrigo García es pesimista. Muy al contrario su obra anima a una disidencia activa: el acto vandálico o el disturbio inteligentes. Mitad sexo tántrico, mitad eyaculación precoz. Aprender a andar eligiendo el lago helado o las arenas movedizas; mirar siempre a los ojos de lo que uno se come (sea literal o metafóricamente) y tomar su pulso tomando el tiempo preciso. Como él mismo dice (Arrojad mis cenizas sobre Mickey), educar y reorientar la violencia.

María Velasco

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